Hace unos meses los profesores del máster de Sexología Médica de la Universidad Europea del Atlántico entregamos a los alumnos un tema, que habían de comentar, en el que se hacía referencia al mito del Andrógino o de la media naranja.

Se entiende como “mito” a esas falsas creencias, sobre determinadas cuestiones, a las que sin justificación alguna otorgamos la consideración de verdades absolutas.

Una de las falsas creencias más extendidas es la de la “la media naranja”. En base a ella, “el amor es una fuerza (más bien un huracán) que, inevitablemente, nos impulsa a buscar nuestro complemento en otra persona: nuestra media naranja o nuestra alma gemela”.

Esta creencia, que somos medias naranjas en busca de la parte que nos falta, los griegos trataron de explicarla mediante el mito del Andrógino, descrito en el Banquete de Platón, concretamente en el Discurso de Aristófanes.

Asegura Aristófanes que en la antigüedad la humanidad se dividía en tres géneros: el masculino, el femenino, y el andrógino (del griego Andros-Hombre y Gino-Mujer), éste último ya desaparecido.

Los seres que pertenecían a esta última clase eran redondos y tenían cuatro brazos, cuatro piernas, dos caras en la cabeza y, por supuesto, dos órganos sexuales. Permanecían tales seres unidos por el vientre y eran tan terribles, por su vigor y su fuerza, que se sintieron capaces de atentar contra los dioses.

Puesto que Zeus no podía destruir a la raza humana, porque de hacerlo desaparecerían los honores y sacrificios que los dioses recibían de ella, decidió cortar a los andróginos por la mitad, dividiéndolos en dos. Apolo los curó dándoles la forma actual que tienen ambos sexos, y más tarde pasó adelante sus “vergüenzas”.

El Amor, considerado como un dios en la cultura griega, desde tiempos inmemoriales trata de unir a los andróginos cercenados en dos. Así, cuando se encuentran, se unen de tal forma que es para toda la vida, tratando cada uno de reunirse y fundirse con el amado y convertirse de dos seres en uno sólo.

Desde ese punto de vista, nuestra especie sólo podría alcanzar la felicidad cuando llegue el momento en el que la mitad de la Humanidad se encuentre con su otra mitad.

El mito del Andrógino tiene interés por muchas razones. Entre otras, porque trata de dar una explicación a la homosexualidad y a la heterosexualidad en la antigüedad, ya que según el mismo también habría andróginos compuestos, integrados unos por dos varones y otros por dos mujeres. En la mitología griega Tiresias, quien había sido alternativamente varón y mujer, había conocido así los secretos del goce pudiendo afirmar que la mujer gozaba nueve veces más que el varón.

Este curioso mito se repite e impregna otras culturas. En la India, el andrógino está representado por Shivá y su consorte Párvati, fundidos en un solo ser. También el Talmud judio recoge el mito de que el primer ser humano fue hermafrodita. Adán era varón y mujer a la vez. Dios tomó uno de sus lados para crear el amor y hendió verticalmente al ser bisexuado, haciendo de una parte un varón y de la otra una mujer.

En todas estas tradiciones la historia se repite: el amor tiene como objetivo la búsqueda del otro, porque sin el otro el individuo es un medio ser.

Ya lo dice la Biblia: “Por lo tanto abandonará el varón a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne” (Génesis: 2-24).

Cuanta felicidad pero, también, cuánto daño ha hecho y sigue haciendo este mito sobre el que se sustenta la teoría del amor romántico.

Así que, ya sabéis, cuando os topéis con una persona, ya sea hombre o mujer, obsesionada por establecer un vínculo de pareja, no dudéis de su origen andrógino.

Sin embargo, ¿quién no se ha encontrado alguna vez en su vida en tal situación? ¿Quién, tras conocer a otra persona que le ha resultado especial y de la que se ha enamorado, no ha sentido el fuerte impulso de vincularse a ella? Creo que, al final, todos somos bastante andróginos.